Con este título,
que podría ser perfectamente el de una taquillera película de aventuras, quiero
hacer una pequeña reflexión sobre nuestro presidente. Se puede contar con los
dedos de una mano las veces que Mariano Rajoy se ha dirigido a los medios españoles
desde que está en el Gobierno. La última
fue cuando salió el día antes del partido ante Italia de la primera fase para
hacernos creer que el rescate a la banca era un éxito rotundo. Esta no la tenía
prevista, se vio obligado a hacerla por la presión social, ya que muchas
personas se sintieron indignadas de que el mismo fin de semana donde se
concretó el rescate de la banca española su presidente se fuera a Polonia a ver
un partido de fútbol. Parece ser que el criterio que sigue nuestro presidente para
comparecer ante la prensa parece un poco aleatorio, a pesar de que acaba en
todas ellas leyendo el guión de siempre.
Pero no solo de
comparecencias ante los medios trata esta entrada. Rajoy se ha caracterizado
por ser un presidente fantasma. Pasa la mayor parte de su tiempo dando explicaciones
fuera de España y emplea pocos segundos de su tiempo en dar explicaciones a los
españoles. Ni siquiera a las personas que le votaron, electorado que siempre se
ha caracterizado por ser muy fiel y votar siempre por su partido pero que
necesitan renovar su confianza. En cambio, permite que su ministro de Economía
sea el que anuncie medidas tan graves como el rescate de miles de millones a la
banca, o a la vicepresidenta anunciar unos paquetes de medidas de recortes por los que el mismo PP habría
crucificado al anterior presidente si no los hubiera presentado en persona.
Parece que la mayor preocupación del Gobierno es evitar que Rajoy y el partido
se desgasten demasiado tras todas estas medidas impopulares, y es por eso que
se evita todo lo posible que sea el presidente el que dé la cara, para que se
asocie lo menos posible todos estos recortes a este Gobierno, y como ha
ocurrido con la famosa campaña de la herencia recibida, se cree la ilusión de
que absolutamente todo esto se hace por culpa del anterior Gobierno y que es la
única solución posible. Tal es esta fijación por conservar la confianza en el
partido que los presupuestos generales del Estado (y por ende, los recortes) se
retrasaron hasta 3 meses para no perder las elecciones andaluzas. Estas son acciones
que perjudican a España. A España sí, esa España por la que tanto presumen que
se preocupan y a la que quieren devolver todo su esplendor.
Fruto de toda esta
obsesión por desgastar su popularidad se producen situaciones extrañas. Ha
llegado un punto en el cual he dejado de comprender cuales son los criterios de
nuestro presidente a la hora de hacer comparecencias públicas. Por ejemplo, hoy
mismo ha ido a devolver simbólicamente el Códice Calixtino robado a la Catedral
de Compostela, hacerse las fotos de rigor con el arzobispo y a dar un discurso
sobre los acuerdos entre Galicia y el arzobispado. Un acto que perfectamente
podría haberlo hecho el presidente de la Xunta (que también estaba allí) o
incluso uno de los consejeros de la Xunta. Pero no, ha ido el presidente en
persona, como si se tratase de un asunto de Estado. Sin embargo, han ocurrido
acontecimientos mucho más importantes estos días a los que el presidente no ha
acudido y ha enviado en su lugar a dos ministros. Hablo del incendio que arrasó
50.000 hectáreas en la Comunidad Valenciana. Y así lleva siendo toda la
legislatura. No se sigue un criterio de prioridades, y se anteponen los
resultados electorales a los problemas de la gente. Aunque yo ya no me crea una
palabra de lo que diga, creo que el presidente de un país debería de dirigirse
al pueblo prácticamente todos los días y recordarles que es por ellos por los
que está luchando, no por los mercados o por los bancos…
O espera, quizás
sea por eso.
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