En España,
nuestros políticos saben muy bien cómo hacer política, pero son poco menos que
inútiles a la hora de atender las cosas para las que realmente han sido
votados: escuchar a los ciudadanos y tomar decisiones por y para ellos. La
política que se hace en este país entre los dos grandes partidos se limita a una
lamentable imitación de un patio de colegio, donde unos se reprochan a otros lo
que hicieron en el pasado (o lo que no hicieron), unos criticando lo mal que
estamos ahora y otros diciendo que estamos mal porque los otros lo hicieron
mal. Y con una vocecilla casi inaudible, el resto de partidos hacen las
críticas constructivas y ponen a los dos grandes partidos en su sitio, pero
como esto es democracia y aquí puede hacer cada uno lo que quiera, nadie les
hace ni caso, porque seamos realistas: en una mayoría absoluta las comparecencias,
plenos del congreso y demás engranaje democrático es simple teatro, porque a la
hora de votar el resultado va a ser el que el que tiene la mayoría quiera.
Lo que ninguno de
estos dos partidos ha hecho ni seguramente va a hacer es admitir sus propios
errores. No es muy difícil ver que el gobierno socialista reaccionó tarde y mal
con la crisis y agravó la situación ya de por sí complicada, y tampoco es muy
difícil darse cuenta que la política de austeridad y contradicción del gobierno
actual no es precisamente lo mejor para la recuperación económica del país ni
va a sacarnos de la crisis. Y podríamos hacer una lista interminable de errores
de unos y de otros, pero este no es el objetivo de esta entrada. Dentro del
cáncer de este país que es la clase política, el núcleo se sitúa en los dos
principales partidos. Su poder hace que sea prácticamente una utopía que un
tercer partido con alternativas a su mala gestión pueda tener peso en la
política del país, y la sociedad española no está lo suficientemente
deteriorada todavía para exigir un cambio político como el que casi se ha
producido en Grecia. De momento nos cuesta mucho más vivir, tenemos muchas
menos comodidades y nos cuesta mucho más llegar a fin de mes, pero mientras
sigamos teniendo dinero para comer y no nos quiten entretenimientos como el
fútbol estos días (el famoso “pan y circo” de la antigüedad), seguiremos sin
reaccionar. Hasta que no perdamos lo que todavía nos queda, no seremos realmente
conscientes de lo que hemos perdido. Evitar llegar a este extremo es fácil,
pero nadie quiere.
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