Mientras esperaba a mi
vuelo junto al resto de pasajeros en la terminal 1 del JFK de Nueva York, con
la única compañía de mi inseparable mochila que llevaba utilizando desde el
instituto como equipaje de mano, los motivos de mi viaje despertaban en mí los
recuerdos de lo que había ocurrido cinco años antes, y con la mirada perdida me
limitaba a observar el trasiego de personas que iba y venía en un día laborable
a primera hora de la mañana.
La noticia de la muerte
de aquella mujer no me había pillado por sorpresa, sabía que era algo que tarde
o temprano tenía que ocurrir, era ley de vida. Restaba un par de semanas para
Navidad, y había tenido que pedir permiso a la central para adelantar un día mi
regreso. A pesar de que todo el trabajo ya estaba hecho, mis estrictos jefes no
habían sido del todo benévolos, y había tenido que pagar los gastos del cambio
de billete de mi bolsillo. Sin embargo, era algo que tenía que hacer, y antes
de regresar a mi piso en Ámsterdam iba a hacer una escala en Munich para acudir
a aquel funeral. No solo lo hacía por ella, también lo hacía por mí, para
cerrar aquel capítulo de mi vida.
En cuanto el panel de
información de los vuelos anunció la apertura de la sala de embarque número 10,
apagué mi smartphone, me cargué la mochila al hombro y me dirigí hacia el
pasillo por el que se accedía a aquel Airbus A380 de la Lufthansa que parecía
acabado de estrenar. Detecté alguna que otra mirada de curiosidad a la cual ya
estaba acostumbrado en mis viajes, ya que era consciente de que aquella vieja
mochila azul con dibujos y pegatinas de grupos de rock no pegaba en absoluto
con mi impecable imagen de hombre de negocios. Formaba parte de mí, me ayudaba
a recordar quién era, y no me importaba en absoluto lo que la gente pensara al
respecto.
Entré en el avión,
busqué el asiento que aparecía en mi billete, guardé mi mochila en el
compartimento y me dejé caer en el asiento mientras me deshacía el nudo de la
corbata. Había tenido que cambiar la clase business
del billete a Ámsterdam que me facilitaba la empresa por aquel menos
confortable asiento, el del medio de las tres butacas junto a la ventana, en
clase turista. Ya me había resultado suficientemente caro comprar un billete de
última hora como para además exigir comodidades. Me agobiaba el ajetreo que se
producía cuando los viajeros se juntaban de golpe para cumplir el ritual de
dejar sus equipajes de mano, por lo que había sido de los primeros en subir al
avión, y fui viendo cómo se iban completando las plazas con el paso de los
minutos. He tenido compañeros de viaje de todos los géneros, tamaños y colores,
y a estas alturas me conformaba con que me tocara alguien que percibiera cuándo
no tenía ganas de conversación y que supiera mantener su café dentro del vaso.
Mi otra compañera de
asiento entró cuando faltaba un par de minutos para el cierre de las puertas.
Recorrió con la mirada el avión en busca de su asiento hasta que encontró lo
que buscaba, y al mismo tiempo, tras el fugaz contacto de sus ojos con los
míos, bajé la mirada como un idiota al ejemplar del New York Times que me había
prestado el hombre que se sentó junto a la ventana, otro hombre de negocios de
unos cincuenta años de edad que parecía cumplir mis expectativas sobre
compañeros de vuelo.
Con la mirada aún
puesta en el periódico, le devolví educadamente su saludo en inglés. Tras
marcharme de España en busca de trabajo había acabado acostumbrándome a la
belleza de las mujeres nórdicas, pero aquella chica era tan bonita que no parecía
real, a pesar de que detecté cierto acento germánico en su voz. Volví a mirarla
furtivamente y me regaló una tímida sonrisa que hizo que me pusiera aún más
nervioso. Tras el despegue, continué durante unos minutos enfrascado en una noticia
sobre política en España hasta que el sueño acumulado los días anteriores
empezó a hacer acto de presencia y a recordarme que necesitaba algo de
descanso.
Cuando las luz que
indica la obligatoriedad de los cinturones de seguridad se apagó, devolví el
periódico al hombre, me levanté y recuperé mi mochila del compartimento, donde
tenía los auriculares para poder escuchar música en el teléfono. La chica, que
ojeaba con aire despreocupado una revista sobre moda, levantó la mirada y observó
mi mochila con descaro disimulando una sonrisa. Tras devolvérsela me soltó:
- Tu hijo debe de tener
un buen gusto musical, casi todos los grupos de esa mochila los escucho yo
también.
- Oh, no es… la mochila
es mía – contesté un tanto sorprendido no sólo porque aquella chica me hablara,
sino porque pensara que era tan mayor.
- ¿Un hombre de
negocios que escucha rock alternativo? Estoy sorprendida.
- Bueno, no debo de
tener muchos años más que tú, este traje lo llevo sólo por asuntos de trabajo.
- Soy Laura, por cierto
– dijo mientras me tendía su mano derecha.
- Yo Gabriel, un placer
– respondí al mismo tiempo que estrechaba su mano en una mezcla de firmeza y
delicadeza. Cuando parte de tu trabajo consiste en negociar contratos con
desconocidos que ven en ti a alguien inexperto y fácil de manipular, demostrar
lo contrario desde el primer momento con el apretón de manos de cortesía
resulta esencial.
Tras una breve
conversación que giró en torno a los grupos musicales que aparecían en mi
mochila, surgió el tema que la conversación con ella casi me había hecho
olvidar.
- ¿Qué te lleva a
Munich?
- Es una larga historia
5 años antes…
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