martes, 19 de febrero de 2013

Un pequeño aperitivo

Estas son las dos primeras páginas de algo que empecé a escribir este verano. No estoy seguro de si continuará, considerarlo un pequeño aperitivo:


Mientras esperaba a mi vuelo junto al resto de pasajeros en la terminal 1 del JFK de Nueva York, con la única compañía de mi inseparable mochila que llevaba utilizando desde el instituto como equipaje de mano, los motivos de mi viaje despertaban en mí los recuerdos de lo que había ocurrido cinco años antes, y con la mirada perdida me limitaba a observar el trasiego de personas que iba y venía en un día laborable a primera hora de la mañana.
La noticia de la muerte de aquella mujer no me había pillado por sorpresa, sabía que era algo que tarde o temprano tenía que ocurrir, era ley de vida. Restaba un par de semanas para Navidad, y había tenido que pedir permiso a la central para adelantar un día mi regreso. A pesar de que todo el trabajo ya estaba hecho, mis estrictos jefes no habían sido del todo benévolos, y había tenido que pagar los gastos del cambio de billete de mi bolsillo. Sin embargo, era algo que tenía que hacer, y antes de regresar a mi piso en Ámsterdam iba a hacer una escala en Munich para acudir a aquel funeral. No solo lo hacía por ella, también lo hacía por mí, para cerrar aquel capítulo de mi vida.
En cuanto el panel de información de los vuelos anunció la apertura de la sala de embarque número 10, apagué mi smartphone, me cargué la mochila al hombro y me dirigí hacia el pasillo por el que se accedía a aquel Airbus A380 de la Lufthansa que parecía acabado de estrenar. Detecté alguna que otra mirada de curiosidad a la cual ya estaba acostumbrado en mis viajes, ya que era consciente de que aquella vieja mochila azul con dibujos y pegatinas de grupos de rock no pegaba en absoluto con mi impecable imagen de hombre de negocios. Formaba parte de mí, me ayudaba a recordar quién era, y no me importaba en absoluto lo que la gente pensara al respecto.
Entré en el avión, busqué el asiento que aparecía en mi billete, guardé mi mochila en el compartimento y me dejé caer en el asiento mientras me deshacía el nudo de la corbata. Había tenido que cambiar la clase business del billete a Ámsterdam que me facilitaba la empresa por aquel menos confortable asiento, el del medio de las tres butacas junto a la ventana, en clase turista. Ya me había resultado suficientemente caro comprar un billete de última hora como para además exigir comodidades. Me agobiaba el ajetreo que se producía cuando los viajeros se juntaban de golpe para cumplir el ritual de dejar sus equipajes de mano, por lo que había sido de los primeros en subir al avión, y fui viendo cómo se iban completando las plazas con el paso de los minutos. He tenido compañeros de viaje de todos los géneros, tamaños y colores, y a estas alturas me conformaba con que me tocara alguien que percibiera cuándo no tenía ganas de conversación y que supiera mantener su café dentro del vaso.
Mi otra compañera de asiento entró cuando faltaba un par de minutos para el cierre de las puertas. Recorrió con la mirada el avión en busca de su asiento hasta que encontró lo que buscaba, y al mismo tiempo, tras el fugaz contacto de sus ojos con los míos, bajé la mirada como un idiota al ejemplar del New York Times que me había prestado el hombre que se sentó junto a la ventana, otro hombre de negocios de unos cincuenta años de edad que parecía cumplir mis expectativas sobre compañeros de vuelo.
Con la mirada aún puesta en el periódico, le devolví educadamente su saludo en inglés. Tras marcharme de España en busca de trabajo había acabado acostumbrándome a la belleza de las mujeres nórdicas, pero aquella chica era tan bonita que no parecía real, a pesar de que detecté cierto acento germánico en su voz. Volví a mirarla furtivamente y me regaló una tímida sonrisa que hizo que me pusiera aún más nervioso. Tras el despegue, continué durante unos minutos enfrascado en una noticia sobre política en España hasta que el sueño acumulado los días anteriores empezó a hacer acto de presencia y a recordarme que necesitaba algo de descanso.
Cuando las luz que indica la obligatoriedad de los cinturones de seguridad se apagó, devolví el periódico al hombre, me levanté y recuperé mi mochila del compartimento, donde tenía los auriculares para poder escuchar música en el teléfono. La chica, que ojeaba con aire despreocupado una revista sobre moda, levantó la mirada y observó mi mochila con descaro disimulando una sonrisa. Tras devolvérsela me soltó:
- Tu hijo debe de tener un buen gusto musical, casi todos los grupos de esa mochila los escucho yo también.
- Oh, no es… la mochila es mía – contesté un tanto sorprendido no sólo porque aquella chica me hablara, sino porque pensara que era tan mayor.
- ¿Un hombre de negocios que escucha rock alternativo? Estoy sorprendida.
- Bueno, no debo de tener muchos años más que tú, este traje lo llevo sólo por asuntos de trabajo.
- Soy Laura, por cierto – dijo mientras me tendía su mano derecha.
- Yo Gabriel, un placer – respondí al mismo tiempo que estrechaba su mano en una mezcla de firmeza y delicadeza. Cuando parte de tu trabajo consiste en negociar contratos con desconocidos que ven en ti a alguien inexperto y fácil de manipular, demostrar lo contrario desde el primer momento con el apretón de manos de cortesía resulta esencial.
Tras una breve conversación que giró en torno a los grupos musicales que aparecían en mi mochila, surgió el tema que la conversación con ella casi me había hecho olvidar.
- ¿Qué te lleva a Munich?
- Es una larga historia


5 años antes…

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